¿Qué tanto libertinaje falta para ser santa? Monjas místicas y perversas

Se cuenta que Margarita María Alacoque comía los excrementos de enfermos de disentería. Margarita era una monja salesa que vivió en el siglo XVII, fue conocida por sus profundos éxtasis místicos ocurridos en el convento de Paray-le-Monial. En otra ocasión, en lugar de limpiar el vómito de una enferma, prefirió comerlo y afirmó que ese contacto inmundo suscitaba en ella la visión de Cristo que la mantenía con los labios pegados a la herida en su costado.

«Si tuviera mil cuerpos, mil amores, mil vidas, las inmolaría por seros sometida.» —Catalina de Siena.

Por su parte, Catalina de Siena (1347-1380), una religiosa de la comunidad de la Penitencia de Santo Domingo, bebió el pus de los pechos de una cancerosa y oyó a Cristo asegurándole que le agradecía haber bebido ese horrible brebaje por amor a él. «Dado que has realizado un acto que excede la naturaleza, quiero darte un licor que excede la naturaleza», le dijo. No se sabe qué licor dio Cristo a la religiosa. Sí se sabe, en cambio, que la Iglesia terrenal terminó por canonizarlas.

La historia ha construido un imaginario, teñido de religión, sobre lo que significa el libertinaje. Se considera, generalmente, el efecto de algún tipo de exceso sexual donde la moral y el buen nombre van en detrimento cuanto más se busca el placer. Sin embargo, aunque no lo parezca, el libertinaje también explica el comportamiento de las religiosas que llevaron al límite su fervor por Cristo y recibieron, en compensación, el premio de la canonización. Se hicieron santas como libertinas en una religión que prima, paradójicamente, el ascetismo y el desprecio del cuerpo: lugar por excelencia para el goce sensual.

La canonización fue, para estas monjas libertinas, el premio recibido por ejercer la libertad religiosa sin miramientos a su propia integridad física. Es en la libertad, en tanto palabra y concepto, donde está el núcleo de la idea del libertinaje: es más que un exceso sólo sexual, es una apuesta por la libertad en exacerbación del cuerpo, sus deseos, sus límites rotos y su lugar único en la existencia real en una vida corta y sin trascendencia. Es cierto que hoy vivimos en un mundo donde la ciencia ha suplido a la autoridad divina, donde la medicina sí sana y la vida y la muerte ya no pertenecen a Dios. Por tal razón, las prácticas de flagelación y autodestrucción —con fines de misticismo religioso— escandalizan a la mayoría de la población, quienes ven allí sólo una forma de la perversión.

Monjas perversas es una afirmación que, dados los lineamientos del dogma religioso y el imaginario social sobre el libertinaje y su vinculación con la perversidad, parecería una contradicción práctica. Los místicos religiosos buscaban en la imitación de la pasión de Cristo el camino para acceder a la verdadera santidad. A la cual sólo se llegaba a través de transformarse a sí mismos en víctimas voluntarias de los tormentos de la carne: privaciones alimenticias, del sueño y el desprecio del cuerpo sexuado en tanto signo de la inmundicia que alejaba de la pureza del espíritu.

Visto desde el ahora, que los místicos asumieran y buscaran esos tormentos con placer y gozaran en la vejación del cuerpo escondería algún tipo de enfermedad y, por consiguiente, implicaría la segregación social y hasta la reclusión policiva en centros especializados para la reeducación: cárcel o manicomios. El problema tal vez estriba en que en virtud del discurso de poder —la religión— que sirve de telón de fondo a los actos de vejación del cuerpo, los comportamientos se suscitan no sólo válidos sino necesarios a raíz del objetivo elevado y metafísico (la santidad) que persiguen. Estamos tan imbuidos en la lógica dogmática de la religión, que somos incapaces de pensar en las monjas que comen heces o pus como personas que actúan en los campos hedonistas del libertinaje, tal cual lo hacen quienes encuentran placer en el sexo promiscuo o en la autodestrucción que involucra el exceso del licor y las drogas.

Pero, ¿de dónde viene la idea del libertinaje y qué doblez ideológico representó la retórica que propició su visión negativa? No hay modo de efectuar un barrido detallado y menos un análisis pormenorizado de las ambivalencias socioculturales que configuran escenarios donde las cargas morales prescriben un tipo de comportamiento como válido y otro como desdeñable. Si recordamos, por ejemplo, al marqués de Sade, el conocimiento popular podría marcar con él un inicio de la rebelión moral contra el yugo religioso de la Edad Media. No en vano, Sade es considerado el libertino más famoso de todos los tiempos. Sobre su vida se han hecho películas. Sobre sus obras se han creado diversas manifestaciones artísticas que, siglos después, aún escandalizan las buenas costumbres de una sociedad que ha «avanzado» siempre por el camino de lo cómodamente cándido.

La película de Pier Paolo Pasolini (Saló), basada en libro del marqués: Les Cent Vingt Journées de Sodome, ou l’École du libertinaje, asqueó a la sociedad en la segunda mitad del siglo XX por mostrar el exceso de un grupo de personas explorando el placer con las más antiamorosas expresiones del cuerpo y lo escatológico. Casi doscientos años después de la aparición del libro, la película de Pasolini arremetió contra los mismos cimientos morales que Sade vulneró en la época ilustrada.

Es fácil hablar de Sade como un libertino, es casi que una exigencia en todos los textos donde se pretenda explorar las morales y su ruptura estética. Si es así es porque, como ya se dijo, el libertinaje se entiende únicamente como un exceso de lo sexual sin ningún objetivo diferente al del goce sensual y la lujuria. No obstante, alguien tan «correcto» como Molière escribe Don Juan (1665) y hace aparecer al primer libertino.

Don Juan colecciona mujeres, las ama a todas por igual y no presta atención a la moral y se burla del bien y el mal. Don Juan es un hombre sin fe ni ley; no lo obliga ningún deber de amor, compasión o religión. Pero, aún en contra de lo que se diría de un hombre promiscuo que no sigue la ley de Dios, Don Juan no es un nihilista cuyo único fin es el goce sensual, el sexo, las mujeres y el ataque contra la institución moral en cabeza de la religión católica. Don Juan, por encima de todo, se emancipa de toda fe, de toda creencia terrenal o supraterrena; sólo considera válido lo que es demostrable y evidente. No es que el libertino niegue la existencia de Dios; Dios existe, pero vive su vida y no le importa en lo más mínimo la existencia de los hombres. Dios no es norma que prescribe ni moral ni políticamente a nada sobre la tierra.

Los siete pecados capitales se llaman capitales porque de ellos derivan todos los demás y cada uno se atribuye a la figura del Diablo: Avaricia (Mammón), ira (Satanás), envidia (Leviatán), gula (Belcebú), lujuria (Asmodeo), Soberbia (Lucifer), pereza (Belfegor).

Si hay algo que explica bien a los libertinos es la idea hedonista nacida de la filosofía de Epicuro. El hedonismo se opone al estoicismo, su objetivo no es otro que el placer como principio y fin de una vida feliz. Para el hedonismo racional de Epicuro no hay bien ni mal, sólo actos que conducen al placer o al dolor. Según esta doctrina, no debemos hacer nada ni agradar a nadie, menos seguir un mandato que nos procure dolor o infelicidad. No quiere decir esto que el placer hedonista siga las pautas de un placer salvaje, casi animal, sino pensar en el placer como una vía que sirva para evitar los dolores del cuerpo y del alma. Para Epicuro, cuanto más simples y escasos  sean los deseos más fácil será cumplirlos y requerirán menos tiempo de trabajo.

El epicureísmo (Filosofía de Epicuro) no es lo que hoy se entiende como parte constitutiva de su filosofía, fueron los romanos quienes tergiversaron la idea hedonista con sus bacanales de vino, mujeres y banquetes hechas todos los 20 de cada mes. Ellos desviaron la idea que sería retomada luego para explicar la dualidad entre un mundo de orden (apolíneo) y un mundo de carnaval y exceso (dionisiaco), dotando así al placer de esa doble condición donde algo claro, perfecto y puro (Apolo) se opone a algo oscuro, desbordado e impuro (Dionisio).

No es un secreto para ninguna persona que se haya preocupado superficialmente por entender el cristianismo como religión, que fue Tomás de Aquino quien —siguiendo ideas platónicas— dio las bases que la escolástica usaría para dar sustento filosófico a una religión que requería la dualidad entre el cuerpo y el alma. Dualidad útil para condenar el placer y tildar, a quienes eran afectos de los exceso de la carne, de perversos y ahí derecho de libertinos.

Tanto en lo que refiere a los místicos que ofrecían su cuerpo a Dios, como entre los flagelantes que imitan la pasión de Cristo (las monjas francesas) o incluso entre los fiesteros, promiscuos, ludópatas, perezosos o drogadictos, encontramos la ambivalencia entre lo sublime y lo vil que define nuestro lado oscuro (animal, instintivo) y también nuestro lado más luminoso como seres humanos. La fascinación por el libertinaje, por la perversión, radica justamente en que puede ser tanto sublime como vil. Pero, quizá, siendo avezados en las afirmaciones, el libertinaje (visto desde las monjas o las promiscuas) exprese solamente una servidumbre voluntaria al placer, que es concebida como la expresión de la suprema libertad.

 

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