Dentro de una fiesta erótica en Bogotá

Se diría que en el siglo XVIII, época en la que fue encarcelado Donatien Alphonse François de Sade —más conocido como el Marqués de Sade—, el mundo aún era un lugar incivilizado y prejuicioso donde la libertad sufría bajo el yugo de la Iglesia y el poder nobiliario de turno. Se diría, asimismo, que nos encontramos en la época de más apertura moral. El tiempo de la libertad, del exceso y de la individualidad representada en la poca ―o nula— condena moral que se da a quienes viven según sus deseos personales. Es cierto que hoy, en la mayoría de países, los hombres pueden besarse en la calle sin ser detenidos. Es cierto que ya nadie es condenado a muerte por sodomía, en la mayoría de países. Es cierto que la moral se ha atenuado, que el mundo ha cambiado y que los ojos castigadores son cada vez menos y las apologías a la libertad abundan.

Parece ser cierto. Sin embargo, el sexo y su expresión abierta siguen constituyendo un lugar de lo vedado. La normalidad continúa obligando a lo clandestino. Quizá sea porque la transgresión de la prohibición trae consigo el disfrute de la rebeldía o quizá porque cuando la rebeldía se queda sin motivo, se hace necesario inventar uno; construirlo fuera de la mirada del mundo y sus habitantes hechos a imagen y semejanza de lo correcto. Juzguen ustedes mismos.

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